Trauma y estrés crónico
Trauma y estrés crónico ¿Por qué algunas experiencias parecen terminar… pero el cuerpo continúa viviendo como si todavía estuvieran ocurriendo? Hay mome...

Trauma y estrés crónico ¿Por qué algunas experiencias parecen terminar… pero el cuerpo continúa viviendo como si todavía estuvieran ocurriendo? Hay momentos de la vida que recordamos con claridad. Podemos decir cuándo ocurrieron. Qué edad teníamos. Quiénes estaban allí. Incluso podemos contar la historia con detalle. Sin embargo, existen otras experiencias que parecen seguir presentes mucho después de que los acontecimientos hayan terminado. No porque las estemos recordando constantemente. Sino porque, en ocasiones, el cuerpo continúa reaccionando como si todavía necesitara protegernos. Quizá te haya ocurrido. Tal vez una situación cotidiana despierte una intensidad emocional que parece desproporcionada. Una mirada. Un tono de voz. Una discusión. Un rechazo. Una sensación de incertidumbre. Y , antes de que puedas comprender lo que sucede, notas que tu respiración cambia, los músculos se tensan o aparece una necesidad urgente de escapar, de defenderte o de desconectarte. Muchas personas llegan a pensar que algo está mal en ellas. Que son demasiado sensibles. Que deberían haber "superado" lo ocurrido hace mucho tiempo. O que existe algún defecto en su manera de afrontar la vida. Sin embargo, la investigación actual sobre el trauma, el estrés crónico y la regulación del sistema nervioso nos invita a contemplar una posibilidad muy diferente. ¿Y si esas respuestas no fueran un signo de debilidad? ¿Y si fueran la expresión de un organismo que hizo exactamente lo que necesitaba para intentar proteger la vida en un momento determinado? Durante las últimas décadas, disciplinas como la neurociencia, la psicología del desarrollo, la fisiología del estrés y la educación somática han ampliado profundamente nuestra comprensión del trauma.
Hoy sabemos que el trauma no puede entenderse únicamente por lo que ocurrió. También depende de cómo el sistema nervioso vivió esa experiencia, de los recursos disponibles en ese momento y de la posibilidad —o la imposibilidad— de recuperar posteriormente un estado de seguridad. Este cambio de mirada resulta profundamente importante. Porque deja de preguntarse únicamente: «¿Qué te ocurrió?» Y comienza a preguntar también: «¿Qué necesitó hacer tu organismo para intentar seguir adelante?» Esta diferencia puede parecer pequeña. Pero transforma por completo la conversación. Porque desplaza el foco desde el juicio hacia la comprensión. Desde la culpa hacia la curiosidad. Y desde la idea de un cuerpo "dañado" hacia la de un organismo extraordinariamente inteligente que ha intentado adaptarse utilizando los recursos que tenía disponibles. También nos ayuda a comprender algo que muchas personas experimentan sin saber cómo nombrarlo. Es posible que una situación haya terminado hace años y que, aun así, el sistema nervioso continúe respondiendo como si ciertas señales siguieran representando un riesgo. No porque la persona esté eligiendo reaccionar de esa manera. Ni porque quiera permanecer en el pasado. Sino porque el organismo aprende a partir de las experiencias que vive, especialmente cuando esas experiencias han supuesto una amenaza importante para la seguridad, la conexión o la supervivencia. Comprender esto no significa que estemos condenados a vivir para siempre desde esas respuestas. Al contrario. Una de las noticias más esperanzadoras que ofrece la ciencia actual es que el sistema nervioso conserva una extraordinaria capacidad para aprender durante toda la vida. La neuroplasticidad, la calidad de las relaciones, las experiencias repetidas de seguridad, el movimiento, el descanso y distintos procesos terapéuticos pueden favorecer nuevas formas de adaptación y una mayor recuperación emocional. En Sentido Somático no entendemos el trauma como una identidad. Ni como una sentencia permanente. Lo entendemos como una experiencia humana que puede dejar una huella en el organismo, pero que no define el valor, la dignidad ni el potencial de una persona.
Por eso, a lo largo de este artículo exploraremos qué relación existe entre el trauma, el estrés crónico y el funcionamiento del sistema nervioso. Lo haremos desde la evidencia científica disponible, pero también desde una mirada profundamente humana. No para buscar aquello que está roto. Sino para comprender la extraordinaria inteligencia con la que el cuerpo ha intentado sostener la vida incluso en los momentos más difíciles. Quizá, al finalizar esta lectura, la pregunta ya no sea: «¿Qué hay de malo en mí?» Tal vez empiece a transformarse en otra mucho más amable: «¿Qué ha estado intentando proteger mi cuerpo durante todo este tiempo?» Y , en ocasiones, una pregunta formulada con compasión puede convertirse en el primer paso hacia una relación completamente nueva con nosotros mismos. La ciencia explica Cuando el cuerpo aprende a sobrevivir: la relación entre el trauma y el estrés crónico Desde la biología, el estrés no es un error del organismo. Es una respuesta extraordinariamente sofisticada que ha permitido la supervivencia de nuestra especie durante millones de años. Cada vez que el sistema nervioso percibe un desafío, moviliza recursos para ayudarnos a responder. La respiración cambia. El corazón late con mayor rapidez. Los músculos reciben más energía. La atención se concentra en aquello que parece más importante. Todo esto ocurre porque el organismo intenta aumentar nuestras posibilidades de adaptación. Cuando la situación termina y el cuerpo percibe que el peligro ha pasado, esos sistemas comienzan, normalmente, a regresar poco a poco a un estado de mayor equilibrio. Ese movimiento entre activación y recuperación forma parte de un organismo sano y flexible. Sin embargo, la investigación sobre el trauma, el estrés crónico y la regulación del sistema nervioso ha mostrado que este ciclo no siempre puede completarse de la misma manera. Algunas experiencias poseen una intensidad tan elevada, una duración tan prolongada o suceden en momentos de especial vulnerabilidad que el organismo necesita mantener activados sus mecanismos de protección durante más tiempo.
En otras ocasiones, no es un único acontecimiento el que deja una huella profunda. Es la repetición constante de experiencias difíciles. La exposición prolongada al miedo. La inseguridad. La negligencia. La violencia. La imprevisibilidad. O la ausencia de relaciones suficientemente seguras durante etapas importantes del desarrollo. En estos casos, el sistema nervioso no está reaccionando únicamente a un evento aislado. Está aprendiendo cómo funciona el mundo. Y ese aprendizaje puede influir profundamente en la manera en que interpreta las experiencias futuras. Desde esta perspectiva, el trauma no se define únicamente por aquello que ocurrió. También por la forma en que esa experiencia fue procesada por el organismo y por los recursos disponibles para afrontarla. Dos personas pueden atravesar un acontecimiento similar y responder de maneras muy diferentes. No porque una sea más fuerte que la otra. Sino porque intervienen numerosos factores biológicos, psicológicos y sociales. La edad. Las experiencias previas. La calidad del apoyo recibido. La posibilidad de sentirse acompañado. La historia del sistema nervioso. Y las condiciones en las que ocurrió la experiencia. Por eso, la ciencia contemporánea ha comenzado a abandonar una visión simplista del trauma. Hoy sabemos que el organismo no responde únicamente al peligro objetivo. Responde también a la manera en que percibe su capacidad para afrontarlo. Cuando una experiencia supera temporalmente los recursos disponibles, el sistema nervioso puede desarrollar estrategias que priorizan la supervivencia por encima de otras funciones. Estas respuestas no son decisiones conscientes. Son adaptaciones biológicas. Con el tiempo, si el organismo permanece durante largos períodos movilizando recursos para hacer frente a una amenaza real o percibida, comenzamos a hablar de estrés crónico. En este estado, numerosos sistemas del cuerpo continúan trabajando para sostener una adaptación que inicialmente estaba pensada para ser temporal.
El eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HPA), el sistema nervioso autónomo, el sistema inmunológico y otros procesos fisiológicos participan en ese esfuerzo continuo por mantener la estabilidad. Bruce McEwen denominó a este fenómeno carga alostática (allostatic load), un concepto que describe el costo biológico que puede producirse cuando el organismo mantiene durante demasiado tiempo los mecanismos de adaptación. No significa que el cuerpo esté fallando. Significa que ha estado realizando un enorme esfuerzo para sostener la vida. La buena noticia es que el sistema nervioso no permanece inmóvil. La investigación sobre neuroplasticidad demuestra que el cerebro y el organismo conservan una notable capacidad para seguir aprendiendo y reorganizándose a lo largo de toda la vida. Las relaciones seguras. El movimiento. El descanso. La actividad física. El sueño. Las experiencias repetidas de regulación. La psicoterapia informada en trauma. La educación somática. Y otros recursos respaldados por la evidencia pueden favorecer que el organismo recupere gradualmente una mayor flexibilidad. Esto no implica borrar el pasado. Tampoco significa olvidar lo vivido. Significa ampliar la capacidad del sistema nervioso para reconocer nuevas experiencias de seguridad y responder al presente con más recursos que los que estaban disponibles en otro momento de la vida. Comprender esta diferencia transforma profundamente nuestra mirada. Dejamos de preguntarnos por qué el cuerpo "no supera" determinadas experiencias. Y comenzamos a reconocer que, en realidad, ha estado haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñado. Intentar proteger la vida. Quizá esa sea una de las aportaciones más importantes de la ciencia contemporánea. Recordarnos que muchas respuestas que hoy generan sufrimiento fueron, en algún momento, expresiones extraordinariamente inteligentes de adaptación. Y que comprender esa inteligencia constituye uno de los primeros pasos para construir una relación más respetuosa, más compasiva y más esperanzadora con nuestro propio cuerpo. La experiencia da sentido
Cuando sobrevivir se convierte en la única manera de vivir Hay personas que pasan años creyendo que son demasiado sensibles. Que reaccionan más de la cuenta. Que se preocupan por cosas pequeñas. Que nunca consiguen relajarse del todo. O que siempre esperan que ocurra algo malo, incluso cuando todo parece estar bien. Con frecuencia intentan cambiar esas respuestas. Se esfuerzan por pensar de otra manera. Leen. Mediante diferentes estrategias intentan comprender lo que les ocurre. Meditan. Se repiten que no existe ningún peligro. Y , aun así, el cuerpo continúa reaccionando. Eso puede resultar profundamente frustrante. Porque, cuando la mente comprende una cosa y el cuerpo parece vivir otra diferente, es fácil sentir que uno está luchando contra sí mismo. Sin embargo, ¿qué ocurriría si miráramos esa experiencia desde otra perspectiva? ¿Qué pasaría si, en lugar de pensar que el cuerpo está exagerando, comenzáramos a preguntarnos cuánto tiempo ha vivido intentando protegernos? Imagina a una persona que durante años ha tenido que permanecer siempre atenta. Quizá creció en un ambiente impredecible. Quizá nunca sabía cuál sería el estado de ánimo de los adultos que la rodeaban. Tal vez aprendió que era más seguro observar constantemente el entorno antes de relajarse. O quizá atravesó una etapa de pérdidas, enfermedad, violencia o incertidumbre en la que mantenerse alerta aumentaba sus posibilidades de adaptarse. Con el paso del tiempo, esa vigilancia puede dejar de sentirse como un esfuerzo. Se convierte simplemente en la forma habitual de estar en el mundo. Como quien vive junto a una carretera muy transitada y, después de un tiempo, deja de notar el ruido constante. El hecho de haberse acostumbrado no significa que el ruido haya desaparecido. Algo parecido puede ocurrir con el sistema nervioso. Cuando una activación permanece durante mucho tiempo, el organismo puede llegar a considerarla parte de la normalidad. Por eso, muchas personas descubren que solo comprenden el grado de tensión en el que vivían cuando, por primera vez, experimentan un momento auténtico de descanso. Entonces aparece una frase que escuchamos con frecuencia:
"No sabía lo cansado que estaba hasta que pude descansar." No porque el cansancio surgiera en ese momento. Sino porque, por fin, existió suficiente seguridad para poder sentirlo. Quizá esa sea una de las experiencias más conmovedoras del trabajo con el cuerpo. Descubrir que muchas respuestas que durante años interpretamos como defectos eran, en realidad, intentos profundamente inteligentes de adaptación. La hipervigilancia pudo haber protegido. La necesidad de controlar pudo haber ofrecido una sensación de estabilidad. La dificultad para confiar pudo haber evitado nuevos daños en otro momento de la vida. Incluso el agotamiento puede hablarnos de un organismo que ha sostenido durante demasiado tiempo un esfuerzo silencioso. Comprender esto no significa romantizar el sufrimiento. Ni afirmar que todas las respuestas son útiles para siempre. Significa reconocer que el cuerpo merece ser comprendido antes de ser juzgado. En Sentido Somático creemos que esa diferencia cambia profundamente la relación con uno mismo. Porque dejamos de mirar el organismo como un enemigo al que debemos corregir. Y comenzamos a verlo como un compañero que ha intentado sostener nuestra vida con los recursos que tenía disponibles. Desde ese lugar, la pregunta también cambia. Ya no es únicamente: «¿Cómo dejo de sentir esto?» Empieza a convertirse en otra mucho más amable. «¿Qué necesitaría hoy mi sistema nervioso para descubrir que ya no tiene que hacerlo todo solo?» Quizá la respuesta no llegue de inmediato. Tal vez necesite tiempo. Relaciones seguras. Descanso. Movimiento. Acompañamiento. Paciencia. Y muchas experiencias repetidas que permitan al cuerpo descubrir, poco a poco, que además de sobrevivir, también puede volver a vivir. Porque, aunque el trauma pueda dejar una huella profunda, esa huella no es el final de la historia. La vida continúa ofreciendo nuevas oportunidades para aprender. Y el sistema nervioso conserva una extraordinaria capacidad para seguir transformándose cuando encuentra las condiciones adecuadas para hacerlo.
La práctica transforma Una invitación al cuerpo Después de comprender un poco mejor la relación entre el trauma y el estrés crónico, quizá no necesites analizar más tu historia por ahora. Tal vez baste con ofrecer a tu cuerpo una experiencia diferente. No para cambiarlo. No para convencerlo de que todo está bien. Simplemente para recordarle que también existen momentos en los que no tiene que sostener toda la carga por sí solo. Si te resulta cómodo, detente durante unos minutos. No hace falta que cierres los ojos. No necesitas alcanzar un estado especial. Solo date permiso para estar aquí. Comienza observando el lugar en el que te encuentras. Deja que tu mirada recorra lentamente el espacio. Sin buscar nada concreto. Quizá descubras una planta. La luz que entra por una ventana. Un color que te resulte agradable. La textura de una pared. O cualquier detalle que despierte una sensación de calma o, simplemente, de neutralidad. Permite que tus ojos descansen allí unos instantes. Después lleva suavemente tu atención al contacto de tu cuerpo con aquello que lo sostiene. Tal vez tus pies sobre el suelo. La espalda apoyada en la silla. Las manos descansando sobre las piernas. No necesitas modificar nada. Solo reconocer que, en este momento, existe algo que te sostiene. Ahora observa tu respiración. No intentes hacerla más profunda. No busques relajarte. Solo nota cómo entra y cómo sale el aire. Tal vez hoy sea una respiración amplia. Tal vez corta. Tal vez cambiante. Sea como sea, deja que sea suficiente. Si lo deseas, puedes preguntarte con curiosidad: ¿Hay alguna parte de mi cuerpo que, en este instante, se sienta un poco más cómoda que las demás?
No busques la ausencia total de tensión. No hace falta. Quizá descubras un hombro que descansa un poco más. El calor de tus manos. La estabilidad de tus pies. La sensación de apoyo en la espalda. O simplemente un pequeño lugar donde el cuerpo no necesita hacer ningún esfuerzo adicional. Permanece allí unos segundos. Sin intentar que esa sensación aumente. Solo reconociendo que también forma parte de tu experiencia. Antes de continuar con tu día, regálate una última pregunta. ¿Qué pequeño gesto de cuidado podría ofrecer hoy a mi sistema nervioso? Quizá sea acostarte un poco antes. Salir a caminar. Respirar unos minutos al aire libre. Hablar con alguien de confianza. Escuchar música. Mover el cuerpo con suavidad. Tomarte un descanso sin sentir culpa. O simplemente recordar que no tienes que resolver toda tu vida en un solo día. La regulación del sistema nervioso rara vez aparece como consecuencia de un único momento extraordinario. Con frecuencia nace de pequeñas experiencias repetidas que ayudan al organismo a descubrir que la seguridad también puede formar parte del presente. No se trata de borrar el pasado. Se trata de ampliar, poco a poco, el número de experiencias que enseñan al cuerpo que también existen espacios donde puede descansar. Porque cada momento de apoyo. Cada pausa. Cada relación segura. Cada respiración consciente. Cada gesto de amabilidad hacia uno mismo. Es una oportunidad para que el sistema nervioso siga aprendiendo. Y quizá ese sea uno de los mensajes más esperanzadores de la neurociencia contemporánea. Nuestro cuerpo nunca deja de aprender. Y mientras exista esa capacidad de aprendizaje, también existe la posibilidad de seguir construyendo nuevas experiencias de seguridad, de conexión y de vida. La investigación continúa
Durante gran parte del siglo XX, la investigación sobre el trauma estuvo centrada principalmente en comprender qué ocurría cuando una persona atravesaba experiencias extremas, como la guerra, los desastres naturales o la violencia. Gracias a estos estudios, hoy entendemos mucho mejor cómo responde el organismo cuando percibe una amenaza para su supervivencia. Sin embargo, la ciencia ha ampliado profundamente esa mirada. Actualmente sabemos que el trauma no depende únicamente del acontecimiento vivido, sino también de la forma en que el sistema nervioso logra —o no logra— integrar esa experiencia. Factores como la edad, el apoyo social, la calidad del vínculo con otras personas, la historia previa y los recursos disponibles influyen de manera importante en la forma en que cada organismo responde. Al mismo tiempo, la investigación contemporánea continúa explorando cómo el estrés crónico modifica distintos sistemas del cuerpo cuando los procesos de adaptación permanecen activados durante largos periodos de tiempo. Hoy conocemos mejor la relación entre el estrés sostenido y el funcionamiento del sistema inmunológico, el sistema cardiovascular, el sueño, la memoria, la regulación emocional, la inflamación, el metabolismo y numerosos procesos fisiológicos que participan en nuestra salud cotidiana. Pero quizá uno de los cambios más esperanzadores de las últimas décadas no sea solamente comprender cómo se desarrolla el sufrimiento. También consiste en comprender cómo aparece la recuperación. La neuroplasticidad ha demostrado que el cerebro conserva una extraordinaria capacidad para reorganizarse a lo largo de toda la vida. La investigación sobre el apego ha mostrado la importancia de las relaciones seguras para favorecer procesos de regulación. Los estudios sobre movimiento, ejercicio físico, sueño, contacto con la naturaleza, respiración, prácticas contemplativas y educación somática continúan ampliando nuestra comprensión sobre las condiciones que favorecen una mayor flexibilidad del sistema nervioso. Esto no significa que exista una única intervención capaz de resolver todas las experiencias de trauma. Cada historia es diferente. Cada organismo posee un ritmo propio. Y cada proceso de recuperación necesita respetar esa singularidad. Precisamente por eso, la ciencia actual se aleja cada vez más de las soluciones universales y se orienta hacia modelos integradores, donde el cuerpo, la mente, las relaciones, el contexto social y la historia personal forman parte de una misma conversación. En Sentido Somático entendemos este cambio como una invitación profundamente humana. No buscamos reducir a las personas a un diagnóstico. Ni explicar toda la experiencia humana desde un único modelo.
Preferimos integrar los conocimientos provenientes de la neurociencia, la psicología del desarrollo, la fisiología del estrés, la Teoría Polivagal, la teoría del apego, la educación somática y otras disciplinas que siguen ampliando nuestra comprensión del organismo. Porque cada nueva investigación nos recuerda algo importante. El cuerpo no deja de aprender. Y nosotros tampoco. Una pregunta para seguir explorando Si mi sistema nervioso ha aprendido a protegerme durante toda la vida… ¿Qué nuevas experiencias quisiera ofrecerle hoy para que también pueda seguir aprendiendo seguridad, confianza y conexión? No busques responder de inmediato. Permite que esa pregunta te acompañe durante los próximos días. Quizá aparezca mientras conversas con alguien que te transmite calma. Mientras contemplas un paisaje. Mientras descansas sin sentir culpa. O simplemente mientras descubres que la recuperación no siempre comienza haciendo más. Muchas veces comienza cuando el organismo encuentra, por fin, las condiciones para dejar de luchar y volver, poco a poco, a participar plenamente en la vida. La investigación detrás de este artículo En Sentido Somático creemos que comprender el trauma y el estrés crónico requiere una mirada amplia, integradora y profundamente humana. Ninguna disciplina, por sí sola, puede explicar toda la complejidad de la experiencia humana. Por ello, este artículo reúne aportaciones provenientes de la neurociencia, la fisiología del estrés, la psicología del desarrollo, la teoría del apego, la educación somática y la investigación contemporánea sobre resiliencia y recuperación. Durante muchos años, la mayor parte de la investigación se centró en comprender cómo el organismo sobrevive a las experiencias difíciles. Ese conocimiento ha sido indispensable y continúa siendo una base fundamental para el estudio del trauma. Sin embargo, en las últimas décadas ha surgido una pregunta igualmente importante: ¿Qué condiciones permiten que un sistema nervioso recupere su flexibilidad y vuelva a participar plenamente en la vida? Hoy sabemos que la recuperación no depende únicamente de eliminar el estrés o de olvidar lo sucedido. También está relacionada con la posibilidad de vivir nuevas experiencias de seguridad, descanso, vínculo, movimiento, juego, aprendizaje y conexión.
La investigación sobre la regulación del sistema nervioso, la neuroplasticidad y la recuperación emocional continúa creciendo y nos recuerda que el organismo conserva una notable capacidad de adaptación durante toda la vida. En Sentido Somático entendemos este conocimiento como una invitación a desarrollar una relación más respetuosa con el cuerpo. No buscamos utilizar la ciencia para demostrar que existe algo defectuoso en las personas. La utilizamos para comprender la extraordinaria inteligencia con la que el organismo ha intentado proteger la vida desde el primer día. Libros de referencia Bessel van der Kolk (2014). The Body Keeps the Score. Una de las obras más influyentes sobre cómo las experiencias traumáticas pueden influir en el cuerpo, el cerebro y la vida cotidiana, así como sobre los caminos actuales para la recuperación. Peter A. Levine (1997). Waking the Tiger: Healing Trauma. Propone una comprensión del trauma centrada en la capacidad natural del organismo para completar respuestas de supervivencia y recuperar el equilibrio. Stephen W. Porges (2011). The Polyvagal Theory. Presenta un modelo neurofisiológico para comprender la relación entre seguridad, conexión social, regulación y respuestas de supervivencia. Stephen W. Porges (2021). Polyvagal Safety. Profundiza en el papel de la seguridad fisiológica y las relaciones humanas como elementos fundamentales para la regulación del organismo. Bruce S. McEwen (1998-2007). Trabajos sobre carga alostática (allostatic load). Explican cómo el organismo mantiene la adaptación frente al estrés y qué ocurre cuando ese esfuerzo permanece activo durante largos periodos. Robert M. Sapolsky (2004). Why Zebras Don't Get Ulcers. Una referencia esencial para comprender la biología del estrés y sus efectos sobre distintos sistemas del organismo. Investigaciones y disciplinas relacionadas Este artículo dialoga con investigaciones provenientes de diferentes campos del conocimiento: • Neurociencia. • Fisiología del estrés. • Psiconeuroinmunología. • Neurobiología interpersonal. • Teoría del apego. • Teoría Polivagal. • Neuroplasticidad. • Educación somática. • Investigación sobre resiliencia. • Salutogénesis (Aaron Antonovsky).
Cada uno de estos enfoques aporta una perspectiva distinta para comprender cómo el organismo responde a la adversidad y cómo puede recuperar, poco a poco, su capacidad de adaptación. Nuestro compromiso En Sentido Somático asumimos el compromiso de revisar y actualizar periódicamente este Centro de Conocimiento conforme avance la investigación científica. Al mismo tiempo, creemos que la evidencia encuentra su mayor valor cuando se comunica con honestidad, humildad y respeto por la experiencia humana. Nuestro propósito no es ofrecer respuestas absolutas. Es acompañar a cada persona a comprender mejor su cuerpo, desarrollar una relación más amable consigo misma y descubrir que la recuperación no consiste únicamente en dejar atrás el sufrimiento. También consiste en crear, día tras día, las condiciones para que la vida vuelva a expresarse con mayor libertad. Porque quizá el mayor descubrimiento que nos ofrece hoy la ciencia no sea que el trauma deja huellas. Sino que el sistema nervioso conserva, a lo largo de toda la vida, una extraordinaria capacidad para seguir aprendiendo, reorganizándose y encontrando nuevos caminos cuando encuentra las condiciones adecuadas para hacerlo.