Sistema Nervioso

Del trauma a una mayor sensación de seguridad

Del trauma a una mayor sensación de seguridad Cómo el sistema nervioso puede aprender, poco a poco, que la vida también puede sentirse segura Existe una...

Por Sentido Somático • 19 min
Del trauma a una mayor sensación de seguridad

Del trauma a una mayor sensación de seguridad Cómo el sistema nervioso puede aprender, poco a poco, que la vida también puede sentirse segura Existe una pregunta que muchas personas se hacen después de atravesar experiencias difíciles. "¿Volveré algún día a sentirme seguro?" No siempre la expresan con esas palabras. A veces aparece de otra manera. Como el deseo de dejar de vivir en alerta. De dormir profundamente otra vez. De confiar en las personas. De disfrutar un paseo sin sentir que algo malo está a punto de ocurrir. De entrar en una habitación sin escanear constantemente lo que sucede alrededor. O simplemente de experimentar, aunque sea por unos minutos, la sensación de que no hace falta defenderse de todo. Quienes han vivido trauma infantil, trauma complejo o largos periodos de estrés crónico suelen describir una experiencia difícil de explicar. Aunque objetivamente ya no exista peligro, el cuerpo continúa reaccionando como si todavía necesitara protegerse. Un ruido inesperado. Una discusión. Un cambio de planes. Una mirada. Un tono de voz. Una sensación corporal. Cualquiera de estas experiencias puede activar respuestas intensas que parecen surgir antes incluso de que aparezca un pensamiento consciente. Durante mucho tiempo se interpretó esta realidad como una señal de debilidad o de falta de control. Hoy la neurociencia nos ofrece una comprensión mucho más amable. Sabemos que el sistema nervioso aprende a partir de la experiencia. Y cuando ha vivido situaciones donde la seguridad estuvo ausente durante largos periodos, puede desarrollar una extraordinaria sensibilidad para detectar cualquier posible señal de amenaza. No porque esté funcionando mal.

Sino porque está intentando cumplir una de sus funciones más importantes: Proteger la vida. Sin embargo, aquí aparece una de las noticias más esperanzadoras de las últimas décadas. El aprendizaje no termina cuando termina la infancia. La neuroplasticidad nos muestra que el cerebro y el sistema nervioso continúan modificándose a lo largo de toda la vida. Eso significa que, aunque el organismo haya aprendido a vivir en estado de alerta, también puede aprender, poco a poco, a reconocer nuevas experiencias de seguridad. No hablamos de olvidar el pasado. Ni de convencer al cuerpo de que todo está bien. Hablamos de algo mucho más profundo. De ofrecer al organismo suficientes experiencias consistentes para que descubra que la vida también puede contener descanso, conexión, protección y calma. Quizá la seguridad no sea un lugar al que llegamos de una sola vez. Tal vez sea un aprendizaje que se construye lentamente. Una respiración después de otra. Una relación después de otra. Una experiencia de cuidado después de otra. A lo largo de este artículo exploraremos cómo entiende la ciencia la sensación de seguridad, qué ocurre en el sistema nervioso cuando comenzamos a recuperarla y por qué este proceso no depende únicamente de la fuerza de voluntad, sino también de las condiciones que permiten al organismo desarrollar nuevas formas de relacionarse consigo mismo, con los demás y con el mundo. Porque quizá la pregunta ya no sea: «¿Cómo dejo de sentir miedo?» Quizá la pregunta que merece acompañarnos sea otra. «¿Qué experiencias ayudan a que mi sistema nervioso recuerde, poco a poco, que también existen lugares, personas y momentos donde la vida puede sentirse segura?» Y tal vez, sin darnos cuenta, esa sea una de las transformaciones más profundas que un ser humano puede experimentar. No dejar de protegerse. Sino descubrir que ya no necesita vivir protegiéndose todo el tiempo. La ciencia explica La seguridad también es una experiencia biológica Cuando escuchamos la palabra seguridad, solemos pensar en aquello que ocurre fuera de nosotros.

Una casa donde vivir. Una puerta cerrada. Un barrio tranquilo. Ingresos suficientes. Personas de confianza. Y todo ello es, sin duda, profundamente importante. Sin embargo, la neurociencia contemporánea nos invita a ampliar esta comprensión. La seguridad no depende únicamente del entorno. También depende de la manera en que el sistema nervioso interpreta ese entorno. Dos personas pueden encontrarse en el mismo lugar y vivir experiencias completamente distintas. Una puede sentirse relajada. La otra puede permanecer en alerta. No porque una esté equivocada. Sino porque cada organismo llega a ese momento con una historia diferente de aprendizaje. Aquí aparece uno de los conceptos más importantes de la Teoría Polivagal, desarrollada por Stephen Porges. Nuestro sistema nervioso realiza de manera continua una evaluación automática del ambiente para responder a una pregunta esencial: ¿Es suficientemente seguro bajar la guardia en este momento? Este proceso ocurre sin necesidad de que pensemos conscientemente en ello y recibe el nombre de neurocepción. La neurocepción no es una decisión racional. Es un mecanismo biológico que integra miles de señales del entorno y del propio cuerpo. El tono de una voz. La expresión del rostro de otra persona. La velocidad de sus movimientos. La postura corporal. La distancia física. Los sonidos del ambiente. La iluminación. Las experiencias previas. Y muchas otras señales que el cerebro procesa en fracciones de segundo. Cuando el organismo percibe suficientes indicios de seguridad, el sistema nervioso puede dedicar menos energía a la vigilancia y más recursos a otras funciones fundamentales. Conversar. Aprender.

Jugar. Crear. Descansar. Disfrutar. Explorar. Conectar con otras personas. Pensar con claridad. En cambio, cuando interpreta que podría existir una amenaza, activa respuestas destinadas a proteger la vida. Aumenta la atención. Modifica la respiración. Redistribuye la energía. Incrementa la tensión muscular. Prepara al organismo para actuar si fuera necesario. Todo ello ocurre mucho antes de que aparezca un pensamiento consciente. Aquí resulta especialmente importante comprender algo. Las personas que han vivido trauma infantil, trauma complejo o largos periodos de estrés crónico no tienen un sistema nervioso "averiado". Con frecuencia poseen un sistema nervioso extraordinariamente entrenado para detectar posibles señales de peligro. Ese aprendizaje fue, en muchos momentos de su vida, una estrategia profundamente inteligente de supervivencia. El desafío aparece cuando esa vigilancia continúa activa incluso en contextos donde ya no resulta necesaria. No porque el organismo quiera sufrir. Sino porque todavía no ha tenido suficientes experiencias que le permitan actualizar aquello que aprendió. Y aquí encontramos una de las aportaciones más esperanzadoras de la neuroplasticidad. Así como el sistema nervioso aprendió a protegerse, también puede aprender nuevas formas de interpretar la seguridad. Este aprendizaje no ocurre mediante afirmaciones positivas ni simplemente repitiéndonos que todo está bien. Sucede a través de experiencias repetidas. Relaciones consistentes. Entornos previsibles. Descanso. Movimiento. Respiración. Juego. Naturaleza. Comunidades donde sentimos que pertenecemos.

Y muchas pequeñas experiencias donde el organismo descubre que no necesita permanecer completamente alerta. La investigación muestra que estas vivencias, cuando son consistentes en el tiempo, pueden favorecer cambios en la regulación del sistema nervioso y ampliar la capacidad para responder con mayor flexibilidad a los desafíos de la vida. Esto no significa que dejemos de percibir el peligro cuando realmente existe. Todo lo contrario. Un sistema nervioso flexible sigue siendo capaz de protegernos. La diferencia es que ya no necesita responder como si todas las situaciones fueran igualmente amenazantes. Quizá esa sea una de las definiciones más profundas de la seguridad. No la ausencia absoluta de riesgo. Sino la capacidad del organismo para reconocer cuándo necesita protegerse y cuándo puede volver a abrirse a la vida. Porque la seguridad no consiste únicamente en sobrevivir. También consiste en poder descansar. Amar. Crear. Aprender. Reír. Confiar. Y participar plenamente en la experiencia de estar vivos. Y quizá esa sea una de las capacidades más extraordinarias que el sistema nervioso puede seguir desarrollando a lo largo de toda la vida. La experiencia da sentido Cuando el cuerpo descubre que ya no tiene que estar en guardia todo el tiempo Hay momentos que, vistos desde fuera, parecen casi insignificantes. Una persona entra en una habitación y, por primera vez en mucho tiempo, no busca automáticamente la salida. Alguien recibe un mensaje y ya no imagina de inmediato el peor escenario. Otra persona logra quedarse en silencio junto a alguien sin sentir la necesidad de llenar cada espacio con palabras. Un abrazo deja de sentirse incómodo. Una conversación difícil termina sin que aparezca el miedo a ser abandonado. Quizá nadie más note estos cambios. Pero para quien los vive pueden representar una transformación inmensa. Porque no hablan únicamente de nuevas ideas. Hablan de un sistema nervioso que comienza a experimentar algo diferente.

Durante mucho tiempo, muchas personas que han vivido trauma infantil o trauma complejo describen la sensación de estar siempre preparadas para lo que pueda ocurrir. No siempre es un miedo evidente. A veces se manifiesta como una necesidad constante de controlar. Como dificultad para relajarse. Como la sensación de que descansar resulta peligroso. Como una vigilancia silenciosa que acompaña cada día. Muchas personas llegan incluso a creer que esa forma de vivir es su personalidad. Dicen: "Yo siempre he sido así." "No sé relajarme." "Necesito tener todo bajo control." Sin embargo, cuando observamos estas experiencias desde la educación somática y la neurociencia, aparece una comprensión diferente. Quizá no estamos viendo un rasgo de personalidad. Quizá estamos observando la historia de un organismo que aprendió a mantenerse alerta porque, en algún momento de su vida, esa vigilancia aumentó sus posibilidades de sentirse protegido. Y aquí aparece algo profundamente esperanzador. El cuerpo también puede aprender otra historia. No porque alguien le explique con argumentos que ya no existe peligro. El sistema nervioso rara vez cambia únicamente mediante explicaciones. Aprende a través de la experiencia. Aprende cuando una relación resulta predecible. Cuando una persona cumple lo que promete. Cuando podemos decir "no" sin perder el vínculo. Cuando descubrimos que un error no provoca rechazo. Cuando alguien escucha nuestro dolor sin intentar minimizarlo. Cuando descansamos y nada malo ocurre. Cuando poco a poco el organismo comienza a acumular experiencias que contradicen la antigua expectativa de peligro permanente. No sucede de un día para otro. Y tampoco ocurre de forma lineal. Habrá días en los que el cuerpo vuelva a responder con intensidad. Eso no significa que hayamos retrocedido. Significa que aprender lleva tiempo. Del mismo modo que un bosque tarda años en regenerarse después de un incendio, el sistema nervioso necesita muchas experiencias repetidas para construir una nueva sensación de seguridad. Quizá la verdadera transformación no sea dejar de sentir miedo. Quizá consista en descubrir que el miedo ya no dirige toda nuestra vida.

Que ahora también existe espacio para la curiosidad. Para el descanso. Para la alegría. Para la confianza. Para la conexión. En Sentido Somático solemos decir que la seguridad no es únicamente un destino. Es una experiencia que puede cultivarse. Cada momento en que el cuerpo descubre que puede respirar con un poco más de amplitud. Cada relación donde no necesita defenderse constantemente. Cada espacio donde puede mostrarse tal como es. Cada pausa en la que deja de esperar el peligro. Todo ello va ampliando, poco a poco, la capacidad de regulación del sistema nervioso. Quizá nadie desde fuera pueda medir estos cambios. Pero quien los vive suele reconocerlos con una enorme claridad. Porque llega un momento en el que descubre algo profundamente sencillo. La vida sigue teniendo incertidumbre. Siguen existiendo desafíos. Pero el cuerpo ya no necesita prepararse para una batalla en cada instante. Y tal vez esa sea una de las formas más profundas de la recuperación emocional. No eliminar la capacidad de protegernos. Sino recuperar también la capacidad de sentirnos, poco a poco, seguros para vivir. La práctica transforma Una invitación al cuerpo Cuando escuchamos la palabra seguridad, es fácil pensar en algo muy grande. Una vida sin problemas. Un trabajo estable. Relaciones perfectas. La certeza de que nada malo volverá a ocurrir. Sin embargo, el sistema nervioso no necesita esperar a que el mundo sea perfecto para comenzar a experimentar pequeños momentos de seguridad. Con frecuencia aprende precisamente así. A través de experiencias sencillas, repetidas y consistentes. Hoy te propongo una práctica que no intenta convencer a tu cuerpo de que todo está bien. Solo quiere ayudarle a reconocer aquello que, en este momento, ya puede sostener.

Si te resulta cómodo, detente unos minutos. Permite que tu respiración encuentre su propio ritmo. No hace falta cambiarla. Solo acompáñala. Ahora observa lentamente el espacio donde te encuentras. No busques nada especial. Simplemente deja que tu mirada recorra la habitación. Observa los colores. La luz. Las formas. Las texturas. Quizá una planta. Una ventana. Una fotografía. Un objeto que te resulte agradable. Permite que tus ojos permanezcan unos segundos sobre aquello que despierta una sensación de mayor comodidad. Mientras observas, pregúntate: ¿Hay algo, por pequeño que sea, que mi cuerpo perciba como suficientemente seguro en este momento? Tal vez sea la silla donde estás sentado. La temperatura de la habitación. El sonido del viento. La luz que entra por la ventana. La presencia de alguien querido. O simplemente el hecho de saber que, durante unos minutos, no tienes que resolver nada. No busques una sensación intensa. El sistema nervioso suele aprender a partir de experiencias muy pequeñas. Ahora lleva tu atención hacia tu cuerpo. Observa si existe alguna zona que se sienta ligeramente más cómoda que las demás. Quizá tus manos. Tus piernas. El apoyo de la espalda. O el contacto de los pies con el suelo. No necesitas sentir una calma profunda. Solo reconocer aquello que ya está presente. Permanece allí unos instantes. Respira. Y deja que el cuerpo registre esa experiencia. Antes de terminar, formula una pregunta sencilla.

¿Qué podría hacer hoy para ofrecer a mi sistema nervioso un minuto más de seguridad? Quizá llamar a una persona de confianza. Salir a caminar por un lugar que te haga sentir tranquilo. Escuchar una música que te transmita calma. Apagar el teléfono durante unos minutos. Descansar. Abrazar a alguien. Sentarte bajo un árbol. Tomar una taza de té con atención. O simplemente darte permiso para no resolverlo todo hoy. No subestimes estos pequeños momentos. La neurociencia nos recuerda que el cerebro aprende mediante la repetición de experiencias. Cada instante donde el organismo descubre que puede relajarse un poco más. Cada relación donde puede sentirse respetado. Cada espacio donde no necesita defenderse constantemente. Todo ello contribuye, poco a poco, a ampliar la regulación del sistema nervioso. En Sentido Somático creemos que la seguridad no aparece porque un día dejamos de sentir miedo. Aparece cuando el cuerpo acumula suficientes experiencias que le permiten descubrir que la vida también contiene descanso, apoyo, conexión y cuidado. Quizá ese sea el comienzo de una transformación profunda. No convencer al organismo de que el mundo nunca volverá a ser difícil. Sino ayudarle a recordar, una experiencia después de otra, que también existen momentos donde puede bajar la guardia y participar plenamente en la vida. Porque, al final, la seguridad no siempre llega como un gran acontecimiento. Muchas veces comienza en un instante tan sencillo como este. Una respiración. Una mirada. Un gesto de cuidado. Y un cuerpo que, poco a poco, empieza a creer de nuevo que vivir también puede sentirse seguro. La investigación continúa Durante muchos años, la investigación sobre el trauma estuvo centrada principalmente en comprender qué ocurre cuando el organismo se enfrenta a situaciones de amenaza. Gracias a ello conocemos mucho mejor cómo funcionan el sistema nervioso, el sistema endocrino, el sistema inmunológico y otros mecanismos implicados en la respuesta al estrés.

Ese conocimiento continúa siendo esencial. Sin embargo, en las últimas décadas la ciencia ha comenzado a formular una pregunta diferente. ¿Qué hace posible que una persona vuelva a sentirse segura? Esta pregunta ha abierto una nueva etapa en la investigación. Hoy sabemos que la sensación de seguridad no depende únicamente de la ausencia de peligro. También está relacionada con la capacidad del organismo para reconocer señales de protección, previsibilidad y apoyo en el entorno. Las investigaciones sobre la Teoría Polivagal, la neurobiología interpersonal, la teoría del apego, la neuroplasticidady la regulación del sistema nervioso coinciden en una idea fundamental: La seguridad también puede aprenderse. No como una decisión intelectual. Sino como una experiencia repetida que el organismo incorpora poco a poco. Cada vez encontramos más estudios que muestran cómo las relaciones estables, el apoyo social, el sueño reparador, el movimiento, la actividad física adaptada, el contacto con la naturaleza, las prácticas contemplativas y otros factores pueden favorecer procesos de regulación fisiológica y bienestar. Esto no significa que exista una única herramienta capaz de generar seguridad. Cada persona posee una historia diferente. Y cada sistema nervioso aprende a su propio ritmo. La evidencia también nos recuerda que no todas las intervenciones funcionan igual para todas las personas. Lo que resulta profundamente regulador para alguien puede no producir el mismo efecto en otra persona. Por ello, la investigación actual concede cada vez mayor importancia a la individualización de los procesos terapéuticos y al respeto por la singularidad de cada historia. Otro aspecto especialmente interesante es que la ciencia ya no estudia únicamente la recuperación después del trauma. También investiga qué factores ayudan a desarrollar resiliencia antes de que aparezcan las dificultades. Las relaciones protectoras durante la infancia. La pertenencia a una comunidad. La actividad física. La educación emocional. El juego. La creatividad. El sentido de propósito. Y muchos otros recursos parecen contribuir a fortalecer la capacidad adaptativa del organismo.

Todo ello nos recuerda que la seguridad no depende exclusivamente de eliminar el peligro. También se construye cultivando experiencias que favorecen la confianza y la conexión. Una pregunta para seguir explorando ¿Qué experiencias ayudan a que mi cuerpo recuerde que la vida también puede sentirse segura? No busques únicamente grandes acontecimientos. Observa también los pequeños momentos. Una conversación donde te sentiste escuchado. La calma de un paseo. La risa compartida. El silencio junto a alguien de confianza. El olor de la lluvia. La música que siempre te acompaña. El abrazo de un ser querido. La sensación de los pies sobre la tierra. Quizá descubras que la seguridad no aparece únicamente cuando desaparecen todos los problemas. Tal vez comienza a crecer cada vez que el organismo encuentra una nueva experiencia donde ya no necesita permanecer completamente alerta. Y quizá esa sea una de las enseñanzas más esperanzadoras de la ciencia contemporánea. Nuestro sistema nervioso nunca deja de aprender. Mientras existan nuevas experiencias de cuidado, respeto y conexión, también existe la posibilidad de ampliar, poco a poco, la sensación de seguridad desde la que participamos en la vida. Porque, al final, la seguridad no es solamente aquello que nos protege del peligro. También es aquello que permite que la curiosidad, la creatividad, el descanso, el amor y la alegría vuelvan a encontrar espacio dentro de nosotros. La investigación detrás de este artículo La sensación de seguridad constituye uno de los pilares fundamentales para el desarrollo y el bienestar humano. Durante las últimas décadas, diferentes disciplinas han comenzado a estudiar cómo el organismo reconoce la seguridad, cómo aprende a responder al peligro y, sobre todo, cómo puede desarrollar nuevas formas de regulación después de experiencias difíciles. Hoy sabemos que la seguridad no depende únicamente de la ausencia de amenazas externas.

También es una experiencia biológica que surge cuando el sistema nervioso percibe suficientes señales de protección, previsibilidad, apoyo y conexión. Esta comprensión ha sido posible gracias a la integración de conocimientos provenientes de la neurociencia, la teoría del apego, la Teoría Polivagal, la neurobiología interpersonal, la psicología del desarrollo y la investigación sobre neuroplasticidad. En Sentido Somático entendemos la seguridad como un proceso dinámico. No es un estado permanente que se alcanza una vez y permanece para siempre. Es una capacidad que el organismo continúa desarrollando mediante la experiencia. Por ello, cuando hablamos de sanar el trauma, no nos referimos únicamente a disminuir síntomas. También hablamos de ampliar la capacidad del sistema nervioso para experimentar descanso, confianza, conexión, curiosidad y participación en la vida. Libros de referencia Stephen W. Porges (2011). The Polyvagal Theory. Obra fundamental para comprender cómo el sistema nervioso autónomo participa en la percepción de seguridad, la conexión social y la regulación fisiológica. Stephen W. Porges (2021). Polyvagal Safety. Profundiza en el concepto de seguridad como una experiencia biológica y explica cómo las relaciones influyen en el funcionamiento del sistema nervioso. Daniel J. Siegel (1999). The Developing Mind. Integra la neurobiología interpersonal con el desarrollo humano y muestra cómo las relaciones moldean el cerebro a lo largo de toda la vida. Louis Cozolino (2014). The Neuroscience of Human Relationships. Explora cómo los vínculos influyen en el aprendizaje, la regulación emocional y el desarrollo cerebral. Peter A. Levine (2010). In an Unspoken Voice. Describe cómo el organismo responde a experiencias traumáticas y plantea una comprensión basada en la capacidad natural de autorregulación y recuperación. Investigaciones y disciplinas relacionadas Este artículo dialoga con conocimientos provenientes de: • Teoría Polivagal. • Neurobiología interpersonal. • Teoría del apego. • Neuroplasticidad.

• Psicología del desarrollo. • Regulación del sistema nervioso. • Educación somática. • Investigación sobre resiliencia. • Ciencias del comportamiento. • Neurociencia afectiva. Cada una de estas disciplinas aporta evidencia para comprender cómo el organismo aprende a responder tanto al peligro como a la seguridad. Lo que sabemos hoy La evidencia científica actual muestra que el sistema nervioso mantiene durante toda la vida la capacidad de aprender nuevas formas de regulación. También sabemos que las relaciones de apoyo, el descanso, el sueño, el movimiento, el contacto con la naturaleza, la actividad física, la participación comunitaria y otros recursos pueden favorecer una mayor sensación de seguridad fisiológica. Al mismo tiempo, la investigación recuerda que estos procesos requieren tiempo. No existen intervenciones capaces de transformar completamente el funcionamiento del sistema nervioso de manera inmediata. La adaptación ocurre mediante experiencias repetidas, consistentes y respetuosas con el ritmo de cada persona. Lo que seguimos investigando La ciencia continúa explorando cómo se desarrolla la sensación de seguridad en distintas etapas de la vida y qué factores favorecen mejor la recuperación emocional después del trauma infantil, el trauma complejo y otras experiencias adversas. También seguimos aprendiendo cómo interactúan la genética, la epigenética, las relaciones, el contexto social, la cultura y los distintos tratamientos para favorecer procesos de adaptación y bienestar. Cada nuevo descubrimiento amplía nuestra comprensión y fortalece una idea cada vez más respaldada por la evidencia: La seguridad no es únicamente un estado emocional. Es una experiencia profundamente biológica. Nuestro compromiso En Sentido Somático seguiremos revisando la mejor evidencia científica disponible para comprender cómo el organismo aprende, se adapta y desarrolla nuevas posibilidades a lo largo de la vida.

Pero también queremos recordar algo que atraviesa cada uno de los artículos de este Centro de Conocimiento. El propósito de comprender el sistema nervioso no es vivir analizando constantemente nuestras respuestas. Es aprender a crear las condiciones donde el organismo pueda desplegar con mayor libertad la extraordinaria inteligencia con la que protege, aprende y sostiene la vida. Creemos que la transformación no comienza cuando dejamos de sentir miedo. Comienza cuando descubrimos que también podemos cultivar experiencias de seguridad. Una relación a la vez. Una conversación a la vez. Una respiración a la vez. Porque quizá el mayor regalo que podemos ofrecer a nuestro cuerpo no sea prometerle un mundo sin dificultades. Sea recordarle, mediante la experiencia cotidiana, que también existen lugares, personas y momentos donde puede descansar. Y tal vez, poco a poco, esa sea la forma más profunda de volver a sentir que pertenecemos a la vida.